Felipe había perdido una apuesta. Jorge se había robado un salame de medio metro. Y yo había recibido una paliza y un disgusto, es decir, todo el castigo.
Y no fue aquélla la única vez en que haya pagado las consecuencias por faltas de las que nunca fui culpable.
El hecho es que a partir de esa noche, y en lugar de ocurrir lo contrario, se inició mi amistad con Felipe, la verdadera amistad, quiero decir, y también la de Felipe con Pereira, dos seres dados a las apuestas que jamás volvieron a apostar entre ellos – porque Felipe sólo apostaba a ganar – hasta la tarde en que Jorge Pereira, en pantalón y camisa, chorreando transpiración, con la mirada lejos y los ojos desorbitados, entró en el dormitorio de los internos, donde Felipe, echado en su cama, leía a Séneca, y le dijo:
- Sal de aquí, que les voy a prender fuego a las cortinas.
Entonces Felipe, en lugar de salir, respondió sin levantarse:
- Te apuesto a que no eres capaz.
Y no fue aquélla la única vez en que haya pagado las consecuencias por faltas de las que nunca fui culpable.
El hecho es que a partir de esa noche, y en lugar de ocurrir lo contrario, se inició mi amistad con Felipe, la verdadera amistad, quiero decir, y también la de Felipe con Pereira, dos seres dados a las apuestas que jamás volvieron a apostar entre ellos – porque Felipe sólo apostaba a ganar – hasta la tarde en que Jorge Pereira, en pantalón y camisa, chorreando transpiración, con la mirada lejos y los ojos desorbitados, entró en el dormitorio de los internos, donde Felipe, echado en su cama, leía a Séneca, y le dijo:
- Sal de aquí, que les voy a prender fuego a las cortinas.
Entonces Felipe, en lugar de salir, respondió sin levantarse:
- Te apuesto a que no eres capaz.
Poli Délano – Cero a la izquierda
